25 may. 2014

la Hija de Pablo

Llevaba una buenos minutos así. También pudieron ser horas.

Pregunta tras pregunta, su mente viajaba por rincones de sí mismo muy lejanos y desconocidos. El miedo lo acechaba a cada salto. Temía algo que lo delatara, alguna trampa de su honestidad que abriera puertas que no fuera capaz de cerrar.

¿Cuál es el juego que más divierte a mi hija?, ¿cuál le provoca mayor satisfacción y qué desea más?, ¿cómo entiende mi hija a su familia, como entiende el cariño, el tiempo, el amor, el tener, el obtener y el dejar ir? ¿Será acaso el entender el motor de su percepción diaria o será otra forma?

Al terminar de escribir lo anterior en una hoja de su inmunda libreta, pasó junto a Pablo el frío sudor de la completa ignorancia. Sus últimos pensamiento le agobiaban y arrinconaban la ridícula percepción de su prefabricada relación. Esa sexta bocanada del que fuera el cuarto pito de marihuana a sus treintidós años de vida lo dejó en un estado profundo de reflexión que no se detenía y que lo impulsaba a pensarse, a interrogarse una y otra vez.

SILENCIO

SILENCIO

SILENCIO

SILENCIO

¿sentirá placer al tomar mis manos o al besar mis labios? se preguntó y sonó una quebrazón tremenda en su interior. Se repetía en silencio y en contra de la marea de su liberada mente que su hija de cinco años no sentía placer. O por lo menos que no era sexual. O por lo menos que no era como su sexualidad. O sea, que tenía otra forma de sentir su sexualidad. O no como los adultos. O que no era posesiva. O que no exigía. O que no le implicaba sacrificios. O algo así.

No supo explicar. No supo explicarse.

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